Rotterdam, diciembre de 1645
Brian Morse se desplazaba con rapidez por la oscura callejuela que lo alejaba del puerto. Lo seguía un hombre, con la capa ceñida y la capucha bajada sobre la frente. Al arrimarse a los húmedos muros de piedra de uno y otro lado, Brian se fundía con las sombras. Los tejados de ambos costados casi tocaban sobre su cabeza, lo que no impedía que la persistente lluvia lo empapara, mientras caminaba con cuidado sobre los resbaladizos adoquines.
El inglés sabía que lo seguían. Pero no dio señal alguna de ello, salvo quizás una mayor rigidez de sus omóplatos, pues todo sus nervios estaban tensos y alerta. Se encontró frente a una puerta estrecha y no vaciló ni un instante. Después alzó la mano como si pretendiera llamar y, acto seguido, se adentró en el oscuro espacio, donde no podía ser visto desde el callejón, apartándose contra la puerta cerrada.
Su perseguidor se detuvo y frunció el ceño. El inglés no tenía que haberse detenido en esa calle. Se suponía que tenía que haber ido al Tulipán Negro a encontrarse con el agente del rey holandés, Federico Enrique de Orange. El hombre maldecía para sus adentros. ¿Cómo podía ser que sus informadores hubieran cometido un semejante error? Eran todos unos ineptos.
Siguió adelante, encorvado bajo su capa. Al llegar al portal, Brian Morse salió y se colocó frente a él. El hombre se percató entonces de aquel par de ojos castaños, fríos y determinados como los de una víbora. A continuación vio el destello de acero. Trató de asir su puñal, pero al ser consciente de su desesperada posición se le agarrotaron los músculos.
La punta del bastón del estoque lo alcanzó en el pecho, atravesando su capa, su camisa y su carne con facilidad de un cuchillo que cortara mantequilla. El dolor fue agudo, una suerte de fría y punzante intensidad en sus órganos vitales. Resbaló por el muro, buscando con la mano un asidero en las piedras húmedas, y se desplomó inerte. La sangre corría bajo su cuerpo, mezclándose con los oscuros charcos de lluvia entre los adoquines.
Brian Morse le dio la vuelta con la punta de su bota. Los ojos, ahora vidriosos, le miraban fijamente. En la boca de Brian se dibujó una leve sonrisa. Despacio, echó el brazo hacia atrás y hundió el estoque en el estómago del hombre. Tras sacarlo, se derramó por el suelo una grisácea y carmesí masa de vísceras.
Brian observó durante un instante el sanguinolento montón de carne. Acto seguido, con un gruñido desdeñoso y torciendo el labio, se volvió y prosiguió su caminar por la callejuela.
Al llegar arriba, dobló a la derecha para enfilar una calle más ancha. Podía verse la luz en las ventanas superiores de una taberna de vigas transversales. El viento hacía crujir y oscilar el letrero del Tulipán Negro.
Brian abrió la puerta de golpe y entró en aquel maloliente y abarrotado lugar. El hedor de la cerveza rancia, a suciedad humana y a patas de cerdo cociéndose impregnaba el aire cargado de humo. Las paredes encaladas exhibían grandes lamparones de humedad y ardían velas de sebo en los candelabros que colgaban del techo.
Brian se abrió camino entre la estridente multitud hacia una puerta situada detrás del mostrador, donde un hombre con las mejillas coloradas servía cerveza sin descanso con movimientos firmes, alineando las jarras llenas en la barra. Una agobiada moza las retiraba y las llevaba en una bandeja que sostenía por encima de la cabeza mientras se sumergía en la concurrencia, sorteando los pellizcos y las palmadas en su trasero.
El hombre de la barra alzó la vista cuando Brian pasó frente a él. Le dedicó un breve saludo y señaló con el mentón hacia la puerta que había a sus espaldas.
Brian alzó el pestillo y entró en una pequeña habitación. Había un hombre sentado a una mesa junto al fuego, acariciando una jarra de loza. Hacía un frío húmedo en la estancia, a pesar de las sombrías llamas, y el hombre llevaba aún puestos la capa y el sombrero. Cuando Brian entró, alzó la vista y lo examinó de arriba a abajo.
- Te han seguido- señaló con una voz extrañamente nasal. Fijó la mirada en el bastón de estoque que Brian todavía sostenía sin envainar. De la punta goteaba sangre que se coagulaba en el serrín esparcido sobre el suelo de madera.
- Sí- admitió Brian. Levantó el bastón y escrutó las manchas color óxido como si analizara y diera su aprobación al trabajo hecho. Luego, con un tajante ruido sordo, envainó el estoque y se sentó en el lado opuesto de la mesa.
- ¿Uno de los agentes de Strickland?- inquirió el hombre, asiendo su jarra.
- Supongo. No he tenido tiempo de averiguarlo- respondió Brian- no ha sido un encuentro amistoso- alargó el brazo para alcanzar la jarra de cerveza, la inclinó sobre su boca y bebió largamente- matar da sed- indicó. Pasó la lengua por los labios y dejó nuevamente la jarra sobre la mesa.
El otro hombre tan sólo soltó un evasivo gruñido y llevó la mano al interior de su capa. De un bolsillo de su jubón de lana sacó un papel y, con aire pensativo, dio unos golpecitos con él sobre las manchadas tablas de la mesa.
Brian observó con sus pequeños ojos castaños las manos del hombre, pero no dijo nada, reprimiendo su impaciencia.
- Bien- dijo su interlocutor- su majestad ha sido sumamente generosa.
- El hijo y el heredero de su majestad está casado con la hija del rey Carlos- recordó Brian con tono mordaz. El otro entornó los ojos.
- Sea como sea. Holanda es neutral en vuestra guerra civil- manifestó- con esta oferta de ayuda, el rey está haciendo una gran concesión.
- Que le será agradecida- Brian tomó la jarra de nuevo y se la llevó a los labios.
El otro hombre asintió en señal de aprobación. Desdobló el papel y lo deslizó en silencio sobre la mesa.
Brian dejó la jarra y agarró el papel. Desplazó sus ojos por las pulcras columnas. En efecto, el rey de Orange se mostraba generoso. Las municiones que ofrecía para abastecer el sitiado y empobrecido Rey de Inglaterra contribuían en gran medida a compensar la diferencia de fuerzas entre el New Model Army de Cromwell y los Cavaliers.
- Su majestad no escatimará su gratitud- dijo Brian lentamente.
Metió la mano en su bolsillo también en busca de una carta. Esta llevaba el sello de Carlos de Inglaterra.
Su interlocutor la tomó y examinó el sello. Le habían explicado que debía buscar, en efecto, era sin duda la insignia real. Se guardó el documento en el jubón y bebió de la jarra.
Al levantarse, arañó los tablones del suelo con la silla. Acto seguido, tomó los guantes del cinturón.
- Se pondrán en contacto con usted para explicarle los pormenores de la entrega una vez que el rey haya leído la carta y consultado sus consejeros. El barco zarpará desde Rotterdam. Debe estar preparado- se dirigió con largas zancadas hacia la puerta y al salir la cerró de golpe.
Brian apuró la jarra de cerveza. En cuanto hubiera terminado con éxito la misión, regresaría a casa, llevando consigo los frutos de sus negociaciones. Por fin, los auténticos hombres poderosos que rodeaban al rey le prestarían atención. Y obtendría con eso alguna recompensa. Si jugaba bien sus cartas, obtendría una satisfacción de sus intereses personales con el pretexto de servir a la causa del rey.
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Woodstock, Oxford, enero de 1646
Lord Park Jimin estaba totalmente inmóvil, podía escuchar la respiración de su compañera de cuarto. Olivia tenía el sueño muy ligero y el menor ruido la despertaba. Y esa noche Olivia no debía saber que era lo que iba a hacer Jimin. Nunca tenían secretos. Estaban tan unidos como si fueran hermanos, si no más. Sin embargo, Jimin no estaba en disposición de permitir que su más querida amiga supiera de sus andanzas.
Jimin apartó la colcha y puso los pies en el suelo. Olivia se dio la vuelta. Jimin no movió un músculo. El fuego de la chimenea estaba casi apagado, y en la hacía tanto frío que su aliento formaba una pálida nubecilla de vaho sobre la tenue luz de la consumida vela de la repisa. Olivia tenía mucho miedo a la oscuridad y al acostarse dejaba siempre una vela encendida.
Olivia recuperó el ritmo de la respiración y Jimin cruzó la estancia de puntillas hasta el armario. Lo había dejado entreabierto para que no chirriara. Agarró el hatillo de ropa y la pequeña bolsa y descalzo, en silencio, se dirigió a la puerta. Alzó el pestillo y la abrió sólo lo suficiente para poder pasar de lado y salir al oscuro pasillo.
Se vistió a toda prisa sin quitarse el camisón, temblando. Estaba oscuro como boca de lobo, pues en los candelabros del corredor no había velas, aunque la negrura lo tranquilizó. Si no podía ver a nadie, nadie podía verlo a él.
La casa estaba en silencio salvo por los habituales crujidos de la vieja estructura de madera. Se puso las medias de lana y, con las botas y la bolsa en la mano, recorrió sigilosamente el pasillo hasta la amplia escalera que conducía a la gran sala de abajo.
Ésta también se hallaba a oscuras, sólo iluminada por los rescoldos de la chimenea. Las grandes vigas del techo constituían una sombría y opresiva presencia sobre su cabeza mientras bajaba las escaleras con los pies embutidos en las medias. Estaba haciendo algo malo, descabellado, pero no veía otra alternativa. Lo iban a vender en matrimonio, como a un cerdo de primera clase en una feria, a un hombre que no tenía interés alguno por él, salvo como vaca de cría.